Resistencia antibiótica: Un viejo fármaco, un nuevo frente
Imagina que llevas días con fiebre, que los médicos prueban un antibiótico, luego otro y luego otro más, y que ninguno funciona. No es ciencia ficción. Es la realidad cotidiana de miles de pacientes en hospitales de todo el mundo infectados por bacterias que han aprendido a burlar a los medicamentos diseñados para matarlas.
La Organización Mundial de la Salud advierte que la resistencia a los antimicrobianos causa más de un millón de muertes cada año y las proyecciones son aún más sombrías. Un análisis publicado en The Lancet señala que, de no tomarse medidas urgentes, esta crisis podría desencadenar una catástrofe sanitaria globa.
Según la OMS, la resistencia antimicrobiana podría provocar diez millones de muertes anuales para 2050, superando al cáncer como primera causa de mortalidad, con un coste económico estimado superior a los cien billones de dólares. Son cifras que abruman, pero que también empujan a los científicos a buscar salidas creativas.
Una de las más prometedoras no consiste en inventar moléculas desde cero —un proceso que puede tardar entre diez y quince años y que falla en la mayoría de los intentos— sino en mirar con ojos nuevos los fármacos que ya existen. Esta estrategia se llama reposicionamiento farmacológico, y está ganando fuerza precisamente porque los medicamentos ya aprobados cuentan con perfiles de seguridad y farmacocinética bien caracterizados, lo que acelera su posible traslado a la clínica.
Una pastilla para la tensión… ¿y para la bacteria?
Dentro de esta línea de trabajo destaca un hallazgo publicado en 2026 en Nature Communications por un equipo del Houston Methodist Hospital: el candesartán cilexetilo, un medicamento ampliamente prescrito para controlar la hipertensión muestra una actividad sorprendente frente al MRSA, las siglas en inglés del Staphylococcus aureus resistente a meticilina.
El MRSA es uno de los patógenos más temidos en los entornos hospitalarios. Se trata de una bacteria que encabeza las causas de infección bacteriana, con opciones de tratamiento muy limitadas debido a su capacidad de resistir múltiples fármacos. Las infecciones por MRSA pueden provocar desde abscesos cutáneos hasta neumonías o sepsis potencialmente mortales, y cada vez resultan más difíciles de controlar.
Lo que el estudio demuestra es que el candesartán no actúa como un antibiótico al uso. No entra a matar la bacteria directamente. En cambio, se une a los lípidos de la membrana bacteriana, reduce su fluidez y regula a la baja los genes relacionados con la membrana y la pared celular. En palabras sencillas: debilita la «piel» de la bacteria, dejándola vulnerable.
Trabajo en equipo: la sinergia como estrategia
Aquí entra un concepto que está redefiniendo cómo pensamos en los tratamientos antiinfecciosos: la potenciación antibiótica. En lugar de un solo fármaco que lo haga todo, se combinan dos compuestos que juntos consiguen lo que ninguno lograría por separado.
El candesartán muestra un efecto sinérgico cuando se combina con antibióticos como la gentamicina o la tobramicina, dos medicamentos ya conocidos pero que por sí solos pierden eficacia frente a ciertas cepas resistentes. Al asociarse con el candesartán, que ha comprometido previamente la membrana de la bacteria, estos antibióticos pueden penetrar y actuar con mucha mayor eficiencia.
Pero hay más. Las concentraciones eficaces del candesartán para inhibir la formación de biopelículas —esas colonias bacterianas que actúan como escudos protectores frente a los fármacos— se situaron entre 16 y 64 microgramos por mililitro, y los persistentes más difíciles de eliminar cedieron a dosis algo mayores. Las biopelículas son uno de los mayores obstáculos en el tratamiento de infecciones crónicas, ya que las bacterias que las forman pueden sobrevivir a concentraciones de antibiótico muy superiores a las habituales.
Además, los investigadores no se conformaron con observaciones en tubo de ensayo. Demostraron efectos antibacterianos en modelos animales de abscesos cutáneos causados por MRSA, un paso crucial que filtra muchos compuestos prometedores en laboratorio, pero ineficaces en organismos vivos.
No es el único
El candesartán no está solo en este camino. Hay evidencias crecientes de que diversas clases de fármacos no antibióticos —antiinflamatorios, estatinas, antipsicóticos, bloqueadores de los canales de calcio y antidepresivos— exhiben actividad antibacteriana intrínseca o potencian la eficacia de los antibióticos.
También se ha estudiado su actividad frente a otras bacterias problemáticas: el candesartán muestra actividad antibacteriana notable contra Enterococcus faecalis y Enterococcus faecium, con una acción sobre la membrana que altera su permeabilidad y disipa su potencial eléctrico y factores esenciales para la supervivencia de la bacteria.
Aprender a usar mejor lo que ya tenemos
La combinación de fármacos reposicionados con antibióticos convencionales puede reducir las dosis necesarias de cada uno, disminuir los efectos secundarios y retrasar el desarrollo de resistencias. Es una ecuación atractiva en un contexto donde desarrollar un nuevo antibiótico desde cero cuestas cientos de millones de euros y tarda más de una década.
Tras décadas de declive en la investigación y el desarrollo de antibióticos, estamos asistiendo al surgimiento de nuevos enfoques alternativos que avanzan hacia ensayos clínicos de prueba de concepto. El reposicionamiento farmacológico es uno de ellos, quizás el más inmediato.
La historia del candesartán frente al MRSA es, en el fondo, un recordatorio de algo que los científicos llevan tiempo repitiendo: en la batalla contra las superbacterias, a veces la respuesta no está en un laboratorio de síntesis química diseñando moléculas inéditas, sino en el armario de las medicinas del hospital de al lado.
El reto es aprender a leer lo que ya tenemos con preguntas que antes no nos habíamos hecho.
