La santísima trinidad de la panza (y de la vida)
Hay días en que uno se despierta con el cuerpo crujiendo como silla de plástico bajo un gordo y la certeza, súbita y tramposa, de que la vida es un trámite mal redactado en una oficina pública donde el empleado salió a almorzar y no volvió más.
Uno se sienta al borde de la cama, mira las pantuflas como si fueran documentos de identidad, y ahí nomás, en ese instante de lucidez involuntaria que antecede al café, entiende algo que los filósofos tardaron siglos en formular y que cualquier abuela hubiera explicado en diez minutos con la cuchara de madera en la mano: Todo lo que somos —desde que nos plantamos en dos patas hasta que nos ponen el traje que ya no podemos devolver— se reduce a tres formas de estar en el mundo.
Tres velocidades. Tres hambres.
NADA
Lo entendió todo un dandi tardío, desplumado y magnífico, llamado Manuel Tamayo Prats.
No es un hombre real, aunque debería serlo. Es el personaje que el enorme Luis Brandoni construyó en NADA, la miniserie argentina de cinco episodios que filmaron Gastón Duprat y Mariano Cohn, disponible en Disney+ —y en Star+ para quienes viven en ese otro continente llamado Latinoamérica. Una radiografía de la soberbia porteña, ese síndrome particular que combina vino caro, billetera flaca y orgullo tan intacto que casi da lástima.
Verlo caminar a Brandoni —en uno de sus últimos y más luminosos testamentos actorales— por las calles de Buenos Aires con el desdén de un monarca sin reino era ya un poema en pantuflas. Pero al guion le faltaba un delirio cósmico, y entonces apareció Robert De Niro. Sí. El propio. Ahí, compartiendo un bife de chorizo y tratando en serio de entender qué significa la palabra «boludo» como si fuera un teorema de física cuántica.
El reparto lo completaban la gracia de Majo Cabrera y la enorme María Rosa Fugazot, pero el corazón de la serie —su nervio más fino— era una cátedra inesperada sobre los tres niveles del alimento. Y de la existencia misma.
Empecemos por el barro. Que es donde vivimos la mayor parte del tiempo.
El primera hambre: Shí Zhì
Los chinos —que pensaron todo cinco mil años antes de que nosotros inventáramos el dulce de leche y la queja como deporte nacional— le pusieron nombre a esto: Shí Zhì. Comer por voluntad de seguir. El combustible. La ración del náufrago. La papa hervida del alma. La comida del hambre.
Pero Shí Zhì no es solo la comida. Es una temperatura del espíritu.
Es el viaje en metro a las ocho de la mañana donde nadie viaja por placer sino porque hay que llegar y la alternativa es quedarse, y quedarse también tiene su costo. Es el café insípido de la estación de servicio que uno toma de pie, como quien firma un formulario. Es la charla de ascensor sobre el clima con el vecino del cuarto, esa conversación diseñada específicamente para no decir nada mientras los pisos suben. Es el formulario que hay que llenar antes de poder existir oficialmente en algún registro del Estado.
Es la supervivencia pura. El trámite de seguir.
Y acá viene la paradoja que tiene la elegancia cruel de las paradojas verdaderas: gastamos el ochenta por ciento de la energía diaria en asegurar el hidrato de carbono que nos permita, mañana, repetir el mismo procedimiento. Una calesita de locos con música de fondo que ya nadie escucha. Vivimos la mitad de la existencia en modo Shí Zhì, arrastrando los pies entre los baches del día para que la maquinaria no se detenga, sin preguntarnos para qué carajo sigue girando la maquinaria.
Segunda hambre: Shí Gōng
Si la vida fuera solo sobrevivir, seríamos amebas con seguro médico y grupo de WhatsApp familiar. Por suerte —o por condena, según el día— a veces subimos un escalón. Manuel Tamayo Prats se desespera en la serie precisamente cuando la comida, y con ella la vida, se reducen a puro trámite. Él busca esto: Shí Gōng. Comer por el mérito del goce. La experiencia consciente. La diferencia entre tragar y degustar. Entre vivir y asistir a la propia vida con la atención de quien pagó entrada cara.
En la rutina diaria, este estado es el sábado a la noche en que uno se pone la camisa que mejor le queda, aunque el destino sea la pizzería de la esquina, porque el ritual importa más que el destino. Es la persona que compra el disco de vinilo sabiendo que esa misma música está gratis en el teléfono, pero necesita la ceremonia de la púa sobre el surco, esa pequeña demora sagrada antes de que empiece la música.
Es la búsqueda hedonista, el gesto de convertir lo ordinario en ceremonia laica.
La paradoja es que este estado es un arma de doble filo con ambos filos afilados. Uno se vuelve sibarita de su propia rutina. Tan exquisito se pone que, a veces, olvida comerse el plato de tanto estar analizándole los ingredientes. El placer se vuelve obligación. El exceso de conciencia mata la magia con tanta delicadeza que ni nos damos cuenta.
El tercer hambre: Shí Dé
Y así llegamos al que Brandoni explicaba con los ojos que se le ponían de otra consistencia en la pantalla.
Shí Dé. Comer con virtud. Con otros. El nivel donde la comida deja de ser física o estética para volverse algo más cercano al calor que a la teoría. La comida que no tiene nombre en la carta porque no se ofrece: simplemente llega, o no llega, y uno no puede pedirla por más que deje buena propina. La comida del corazón.
En la rutina diaria, este estado no se compra con tarjeta ni se agenda en el calendario. Es el llamado de un amigo que no quiere pedir nada, solo saber cómo estás —y esa pregunta, dicha en serio, resulta ser la más subversiva del idioma. Es el olor a lluvia sobre tierra seca que te devuelve de un golpe, sin avisar, a los veranos de la infancia que creías archivados para siempre.
Es la sobremesa que se extiende hasta las tres de la madrugada, donde nadie dice nada particularmente inteligente, pero se ríe con esa risa que duele en la panza y cura los dolores de la semana de formas que ningún analgésico cotiza. Ahí adentro no hay críticos gastronómicos ni jurados de nada. Ahí estamos sin máscara, sin performance, a salvo del frío del mundo por un rato que nunca dura suficiente pero que, cuando termina, deja algo encendido.
Al final, uno apaga el televisor
La pantalla queda negra. Refleja el cuarto de estar desordenado, los platos sin lavar, la realidad de siempre esperando afuera con los colmillos afilados y la paciencia infinita de las cosas que saben que vamos a volver. Manuel Tamayo Prats ya no está en escena. Brandoni se mudó al barrio de los inmortales, ese barrio sin dirección precisa, pero del que llegan noticias de vez en cuando. De Niro debe estar filmando en Nueva York, o comiendo un bife en algún lugar donde no saben qué es el chimichurri.
Pero la mesa quedó puesta.
Nos queda el eco de esa lección flotando en la cocina: Shí Zhì, Shí Gōng, Shí Dé. El trámite, el goce, la gracia. Tres maneras de llevarse la cuchara a la boca. Tres maneras de estar vivo. Mientras decidimos cuál nos toca mañana, la heladera zumba en el silencio de la noche. Está ahí, esperando. Adentro hay de todo, como siempre: lo necesario, lo placentero, y si uno tiene suerte, algún resto de algo que alguien cocinó con amor y guardó sin etiquetar.
Abrí la puerta. A ver qué hay.
