La gratuidad es un acto de rebeldía pura en este siglo de hierro

A veces, uno se levanta una mañana de martes con esa sensación pegajosa de que el mundo se ha vuelto una calculadora gigante.

Mirás el café que te sirven en la esquina y, antes de darle el primer sorbo, ya estás pensando si el tipo que lo hizo te sonrió porque es buena gente o porque está esperando que le dejes una propina que, por otra parte, ya está sugerida en el ticket con un dibujito de carita feliz.  Todo tiene un precio, todo tiene un código de barras.

Y en ese frenesí de transacciones, en ese constante intercambio mercantil de afectos y favores, nos hemos olvidado de una palabra que, si la pronunciás fuerte en un ascensor, hace que la gente te mire como si fueras un alienígena recién aterrizado: gratuidad.

Nos han vendido la idea de que nada es gratis

Y es verdad, si mirás la vida a través de una hoja de Excel. Siempre hay un costo de oportunidad, un esfuerzo, un desgaste físico. Pero esa lógica implacable de mercado es, fundamentalmente, una estafa emocional. Porque, díganme, ¿quién le pone precio a un abrazo de un hijo cuando llegás derrotado después de una jornada de ocho horas de oficina?

¿A cómo se tasa el consejo de un amigo que no te cobra la hora de consulta, sino que te escucha pacientemente mientras se toma una cerveza barata y vos le contás tus miserias por centésima vez? Esa es la verdadera moneda de cambio de la existencia: el don de lo que se entrega sin esperar la vuelta, sin facturar, sin ese anotador mental donde sumamos quién nos debe qué.

La gratuidad es un acto de rebeldía pura en este siglo de hierro

Es decirle al sistema, con un gesto mínimo, que hay rincones del alma que no están en venta.  Es esa sonrisa sincera que le regalás al vecino que no te cae muy bien, no porque esperes que te deje pasar primero en el estacionamiento, sino porque entendés que él, al igual que vos, está lidiando con sus propios fantasmas, con sus propios nudos.

Es ese gesto de cocinar para otro, de prestar un libro que no sabés si te van a devolver, de escuchar una historia repetida por milésima vez solo porque sabés que el otro necesita vaciarse para no estallar.

Vivimos en un tiempo donde el algoritmo

Nos sugiere qué ver, qué comprar, incluso qué pensar, y nosotros, obedientes, aceptamos el trueque: nuestra atención a cambio de su conveniencia. Nos hemos vuelto expertos en el intercambio, pero analfabetos en la entrega desinteresada. Y ahí está el drama, el pequeño gran drama cotidiano que nos vacía.

Cuando todo se vuelve transacción, la vida pierde su textura, se vuelve plana, gris, una secuencia de eventos que se miden por su rendimiento. Porque lo que realmente nos constituye como seres humanos no es lo que acumulamos, ni las medallas, ni los aplausos, sino lo que somos capaces de soltar sin que nos pida permiso el ego.

La gratuidad, en el fondo, no tiene nada que ver con la caridad ni con la lástima

Es esa cosa condescendiente que nos hace sentir mejores que el otro. Es, ante todo, un reconocimiento: reconocer que todo lo que hemos recibido —la vida misma, el oxígeno, la capacidad de maravillarnos con un atardecer— nos ha sido dado gratis.  Si no podemos pagar por el milagro de existir, ¿por qué insistimos en ponerle etiquetas de precio a lo que damos?

Es una incoherencia de la que casi nadie se salva, y me incluyo. Estamos tan ocupados contando las monedas que no vemos el banquete servido sobre la mesa.

Atrévase a ser gratuito

No hace falta que sea un santo, ni que vaya por ahí regalando sus ahorros.  Empiece por lo pequeño, por lo que no cuesta nada más que un poco de voluntad.

Un mensaje sin segundas intenciones, un tiempo compartido sin mirar el reloj, una generosidad desmedida por algo que realmente no vale nada para usted, pero que significa todo para el otro.  Ese es el verdadero secreto.   Lo gratuito no es lo que sale cero pesos, es lo que no tiene precio porque su valor es inconmensurable.

Y al final de la historia, cuando tengamos que entregar la cuenta, nos daremos cuenta de que lo único que realmente nos llevamos es aquello que fuimos capaces de regalar.  Lo demás, todo lo que acumulamos con tanto esmero, se lo queda el mercado, ese cliente que nunca se sacia y que, por suerte, no va a estar ahí para contar cuánto nos llevamos al final.

Es el regalo de la nada, que, en realidad, es el todo.