“La gente mayor se vuelve impaciente, irritable, difícil”

Existe una sospecha silenciosa que flota en las sobremesas familiares, en las filas del banco y en los comentarios dichos en voz baja: que la gente mayor se vuelve impaciente, irritable, difícil. Como si cumplir años viniera con un manual secreto que autorizara el mal humor. La frase se repite tanto que parece cierta, aunque pocas veces se la mire de cerca.

Con el tiempo no se pierde la paciencia; se pierde el disfraz:

De jóvenes aprendemos a esperar, a ceder, a asentir incluso cuando algo nos molesta. Decimos “no pasa nada” cuando sí pasa. Sonreímos para no incomodar, para encajar, para que no nos señalen. La paciencia, muchas veces, no es virtud sino supervivencia. Y eso cansa.

Las personas mayores ya sobrevivieron bastante:

Ya hicieron filas infinitas, escucharon promesas que no llegaron a nada, pidieron permiso cuando no hacía falta. Ya aprendieron que el tiempo no se estira y que regalarlo a lo que no importa es una forma elegante de perderlo. Entonces empiezan a decir que no, sin rodeos. A hablar claro. Y a los demás eso les parece mal carácter, cuando en realidad es honestidad sin maquillaje.

También está el cuerpo:

El cuerpo pesa, duele, se vuelve más lento. Algo que antes se resolvía sin pensarlo ahora requiere concentración, descanso, esfuerzo. El dolor constante reduce el margen de tolerancia, no por falta de bondad, sino por agotamiento. Es difícil ser amable cuando todo cuesta un poco más. No imposible, pero sí más caro.

Sin embargo, no todos los años producen aspereza:

Hay personas mayores que se vuelven suaves. Que hablan despacio, que escuchan de verdad, que no se alteran por lo urgente porque ya entendieron lo importante. No nacieron así. Llegaron ahí. La paciencia, en ellos, no es aguante: es comprensión. Saben que casi nada merece un enojo largo y que todo, incluso lo malo, termina pasando.

La edad no inventa personalidades nuevas. La edad amplifica:

El que fue impaciente se queda sin filtros. El que fue amable gana profundidad. El que vivió enojado se endurece. El que supo amar se vuelve refugio. Los años no cambian quién sos; te quitan la energía para disimularlo. Tal vez el error esté en mirar la vejez como un deterioro del carácter, cuando muchas veces es un acto final de sinceridad. No es menos paciencia; es menos tolerancia a lo innecesario. Menos tiempo para lo falso. Menos ganas de callarse.

Aquí viene lo que sigue, sin culpa:

Tal vez valga la pena volver, aunque sea un instante, a la infancia. Recordar quién te sostuvo cuando no sabías esperar, quién tuvo la paciencia de explicarte lo mismo una y otra vez, quién toleró tus tiempos lentos, tus errores, tus silencios. Pensar también en la adolescencia, en esos adultos que parecían duros, pero seguían ahí, aun cuando no sabían cómo acercarse mejor.