Luis Brandoni, el hombre que nunca bajó del escenario
Madrid, 20 de abril de 2026 – Hay ciudades que guardan a sus muertos de manera distinta. Buenos Aires los llora con tango, con silencio en los bares, con ese tipo de tristeza que huele a café frío y a diario doblado sobre la mesa. Madrid, que durante décadas acogió en sus teatros y sus conversaciones el eco de la Argentina, se enteró esta madrugada de que Luis Brandoni ya no estaba. Y también guardó silencio. Un silencio que vale tanto como cualquier aplauso.
Beto Brandoni, que así lo llamaban los que de verdad lo querían
Nació el 18 de abril de 1940 en Dock Sud, un barrio obrero de la margen sur del Riachuelo, de esos que no perdonan la falsedad, pero sí enseñan a vivir. Hijo de un empleado bancario y de una madre que lo llamaba a casa con un silbido, creció entre la pelota, el sueño de ser cantor de tangos y la certeza —que todavía no sabía que era certeza— de que su destino estaba bajo las luces del escenario.
Debutó un 2 de mayo de 1962 en el Teatro Coliseo
Tenía veintidós años y toda la vida por delante. No lo sabía entonces, pero ese primer paso sería el inicio de más de seis décadas de un compromiso con el arte que pocas carreras en la historia del teatro argentino pueden igualar. Alguien dijo alguna vez que no hay actor sin riesgo, y Brandoni lo supo siempre: eligió textos difíciles, personajes incómodos, épocas que quemaban.
Su carrera no transcurrió en tiempos fáciles
A mediados de los años setenta, cuando La Patagonia rebelde y La tregua lo situaban en la primera línea del cine argentino, las amenazas de la Triple A lo obligaron a exiliarse en México junto a su familia. Otros habrían aprovechado ese desarraigo para reinventarse lejos, para mirar el río desde la otra orilla sin volver. Brandoni no. Regresó. Y regresó entero.
Desde Madrid se ven con perspectiva estas cosas
Se entiende lo que significa para un artista defender sus convicciones en un continente donde defenderlas tuvo, durante décadas, un precio altísimo. El exilio no es solo la maleta que se hace a las tres de la madrugada: es también el olvido que algunos esperan que llegue. Brandoni les negó ese gusto.
Su filmografía habla por sí sola:
Más de sesenta películas, casi todas taquilleras, desde la comedia entrañable de Esperando la carroza —donde su personaje y aquellas «tres empanadas» se convirtieron en un código cultural de toda una nación— hasta el drama seco y brillante de La odisea de los giles, que en 2019 superó el millón de espectadores y ganó el Goya a mejor película iberoamericana. Trabajó con Guillermo Francella, con Ricardo Darín, con Soledad Silveyra. Supo ser el primero sin necesitar que nadie se lo dijera.
El teatro
Su casa verdadera, la que nunca abandonó, dejó obras que el público porteño recuerda con la misma emoción con que se recuerda una conversación que cambió algo dentro de uno. Convivencia, Conversaciones con mamá, El acompañamiento. Títulos que no suenan a espectáculo sino a vida.
Lo que quizás no todos saben, desde esta distancia madrileña, es que Brandoni fue también dirigente sindical en plena dictadura militar, vicepresidente de la Federación Internacional de Actores durante treinta años, diputado nacional. Un hombre que creyó que el arte y la política no son enemigos sino dos formas distintas de mirar a los ojos a la gente.
Murió este lunes, dos días después de cumplir 86 años
En el Sanatorio Güemes de Buenos Aires, tras una caída doméstica que le provocó un hematoma. Hasta semanas antes seguía sobre las tablas, frágil pero entero, junto a Soledad Silveyra en ¿Quién es quién?
Carlos Rottemberg, su productor y amigo de casi medio siglo, lo resumió con la precisión que solo da el dolor verdadero: «Es el último de una generación inolvidable». Desde Madrid, ciudad que aprendió hace mucho a reconocer la grandeza cuando cruza el Atlántico, solo cabe decir: descanse en paz, Beto. Y gracias por no bajar nunca del escenario.
