“Ya no quiero estar con gente que no aporta nada ”
Por el tipo que te llena el whatsapp cada mañana · hoy, como siempre
Escribo esto como escribo todo: porque me pasó algo, o porque me está pasando, o porque cuando me desperté esta mañana lo primero que pensé fue en esto y ya sé, por experiencia, que si no lo escribo se me pudre adentro.
Soy una mezcla rara. Periodista, a veces. Escritor, otros días. Pensador cotidiano siempre.
Las más de las veces, simplemente alguien que no sabe callarse. Que toma lo que vivió el martes y lo convierte en texto antes del desayuno del miércoles. Que manda eso a una lista de personas que no siempre lo pidieron y que, con toda razón del mundo, podrían hartarse de encontrar mis notas en el whatsapp junto a la promo del supermercado y el mensaje de voz de la tía.
Lo entiendo. De verdad. Pero también sé —y en esto soy completamente terco— que muchas veces lo que me pasa a mí les pasa a otros.
A las Debbie, a las Mariel, a las Virginia, a las Celia, a las Emilse, a las Elizabeth, a las Hilda. A las Adelina,, a las Diana. A las Gabriela y los Gabriel, a los Fernando, a los Fabián, a los Demian, a los Henry, a las Florencia, a los Horacio, a los Juan Carlos, a las Conchi, a los Ramoncito, a las Eva, a las María, y a todos los que no nombro y que igual van a leer esto con esa sensación extraña de que alguien les está describiendo un pensamiento que ellos tuvieron pero no escribieron.
Hoy, el pensamiento es este:
“Ya no quiero estar con gente que no aporta nada.”
No lo digo con soberbia. Lo digo con el cansancio tranquilo de alguien que tardó demasiado en entenderlo.
* Si esta nota te llegó por whatsapp, sabés de qué hablo. Si no querés que te llegue más, también lo entiendo. Pero si seguís leyendo, significa que en algún punto te reconociste.
Antes de que diga nada
Hay personas con las que siento algo apenas las conozco. No sé cómo llamarlo. No es atracción, no exactamente. Es algo más parecido al reconocimiento: como si ya nos hubiéramos cruzado en algún lugar que no existe en el mapa, en alguna conversación que todavía no tuvimos. Entran al cuarto y algo en mí se acomoda. Se relaja. Dice, sin palabras: acá hay alguien.
Con otras personas pasa exactamente lo contrario.
Antes de que abran la boca. Antes de que hagan nada objetable. Hay un rechazo que no pasa por la razón, que no tiene argumento, que no podría defender ante un jurado. El cuerpo lo decide solo, con esa arrogancia tranquila que tiene el instinto cuando sabe que tiene razón.
Durante años intenté corregir esa sensación. Me parecía injusta. Me parecía poco inteligente. Me decía que había que darle tiempo a la gente, que las primeras impresiones engañan, que yo no tenía toda la información. Tenía razón en todo eso. Y, sin embargo, casi siempre, el primer impulso resultaba ser el correcto.
Lo que no se aprende en ningún lado
Nadie me enseñó a distinguirlos. No hay curso. No hay libro que lo explique del todo, aunque hay muchos que lo intentan con diagramas y listas de señales de alerta. El problema es que esto no funciona por señales. Funciona por algo anterior a las señales, algo que ocurre en ese primer segundo de contacto, cuando todavía no hay nada que analizar.
Con algunas personas comparto de inmediato cierta frecuencia. Podemos estar en silencio y no es incómodo. Podemos no estar de acuerdo y no es una guerra. Podemos hablar de cualquier cosa —del tiempo, de una película, de algo que nos preocupa— y la conversación tiene un peso real, una densidad que no depende del tema sino de quién está del otro lado.
Con otras, en cambio, puedo pasar horas y quedar vacío. No porque sean malas personas. No porque digan cosas equivocadas. Sino porque hay algo fundamental que no conecta, como dos enchufes de países distintos: el voltaje no es el mismo, y forzarlo solo produce chispa y daño.
El inventario de lo que quiero guardar
Llegué a una edad en la que el tiempo se volvió honesto. Ya no se disfraza de abundancia. Se presenta como lo que es: finito, concreto, irreversible. Y eso cambió la forma en que elijo con quién gastarlo.
No con quién debería estar. No con quién es conveniente. No con quién me hace quedar bien en alguna foto de grupo. Sino con quién, cuando me levanto al día siguiente, siento que el tiempo estuvo bien usado. Con quién me deja algo: una idea nueva, una carcajada genuina, una incomodidad que me hizo pensar, un silencio que valió más que cualquier conversación.
Quiero conservar a los que llegan y el cuarto se llena de algo bueno.
Quiero conservar a los que me hacen más preguntas que afirmaciones. A los que se ríen de las mismas cosas absurdas que yo. A los que puedo llamar cuando algo se rompe, no para que lo arreglen, sino para que se queden del otro lado de la línea mientras lo arreglo solo. Y quiero, también, aprender a soltar sin culpa a los otros. No con desprecio. No con ese cinismo de quien ya clasificó a la humanidad en útiles e inútiles. Sino con la misma naturalidad con que uno guarda en un cajón cosas que alguna vez importaron y ya no tienen lugar en la mesa.
La paradoja que me cuesta admitir
Lo más difícil no es alejarme de los que no conectan. Lo más difícil es aceptar que yo también soy, para alguien, la persona que produce ese rechazo visceral. Que alguien, en algún cuarto, sintió que algo se ponía tenso cuando yo entré. Que alguien se fue de una conversación conmigo con esa sensación de voltaje equivocado. Eso me parece lo más humano de todo esto.
Que la misma antena que me permite reconocer a mi gente también me excluye de la de otros. Que no hay red que capture a todos. Que la empatía, para ser real, tiene que ser selectiva. Que el amor —el amor en sentido amplio, el amor que uno tiene por ciertas personas sin saber muy bien por qué— no es universal ni debería serlo.
Así que cuando digo que ya no quiero estar con gente que no me aporta nada
No estoy haciendo una declaración de superioridad. Estoy haciendo, apenas, un reconocimiento tardío de algo que el cuerpo supo siempre y la educación me enseñó a ignorar. Que hay personas que te encuentran. Y personas con las que te perdés. Y que saber distinguirlas, a tiempo, antes de gastar demasiado en el intento, es quizás una de las pocas sabidurías que realmente importan.
El problema es que nadie sabe bien cómo se aprende.
