Cuento: “La mujer que perdió la nostalgia”

La mujer había perdido el sentido de la nostalgia, y no lo supo de inmediato

Nadie despierta un martes pensando: hoy dejé de extrañar. Fue algo más sutil, como cuando un olor deja de oler o una canción pasa sin melodía. Simplemente notó que los recuerdos ya no dolían ni acariciaban: estaban.

Vivía en un departamento estrecho, con plantas que no recordaban de dónde venían y cuadros torcidos que nunca enderezó porque no le molestaban. Cada mañana se levantaba a la misma hora, preparaba café soluble y lo bebía mirando por la ventana a una ciudad que siempre parecía estar llegando tarde.

Antes, ese ritual le despertaba una melancolía suave, una especie de ternura por todo lo que no fue. Ahora no. El café era café. La ventana, una ventana. El día, un día.

Trabajaba archivando historias clínicas en un sanatorio privado

No atendía pacientes ni tomaba decisiones importantes. Ordenaba papeles ajenos, vidas resumidas en diagnósticos y firmas. Le gustaba ese trabajo porque no exigía memoria emocional: solo fechas, números, carpetas.

Sus compañeros decían que tenía buena mano para el orden, que no se le escapaba nada. Ella asentía. No recordaba haber querido otra cosa.

Hubo un tiempo

Lo sabía de manera teórica, en que había amado con intensidad.

Hombres con nombres que todavía podía repetir, aunque sin imágenes claras.

Uno le había escrito cartas largas, otro le cocinaba los domingos, otro prometió mudanzas que nunca ocurrieron.

Sabía que esas historias habían sido importantes porque había fotos, anécdotas contadas por terceros, alguna cicatriz mínima en la muñeca.

Pero al evocarlas no sentía nada. Ni pena, ni rabia, ni esa dulzura triste que suelen tener los recuerdos compartidos.

Era como leer la biografía de una desconocida escrita en un idioma que entendía, pero no hablaba.

A veces intentaba forzar la nostalgia

Como quien prueba una llave vieja en una cerradura nueva. Escuchaba canciones que antes la hacían llorar, visitaba bares donde había sido feliz, releía mensajes antiguos.

Nada. El pasado estaba intacto, pero no vibraba. Comprendió entonces que no había perdido la memoria, sino el eco.

Esa ausencia le dio ventajas inesperadas. No sufría los domingos, no temía los cumpleaños, no se entristecía al pasar frente a casas donde ya no vivía nadie que le importara.

Viajaba liviana, sin comparaciones. Amaba sin promesas largas, porque no necesitaba futuro para sostener el presente. Sus amores recientes eran breves y honestos: encuentros sin fantasmas, despedidas sin drama. Algunos hombres se iban confundidos, acusándola de fría. Otros se quedaban un poco más, agradecidos por esa calma rara.

Sin embargo, algo empezó a inquietarla:

La imposibilidad de extrañar también le impedía desear. Todo le parecía suficiente, pero nada imprescindible. La vida se volvió prolija, funcional, correcta. Como su trabajo.

Una noche soñó con una mujer sentada en una estación de tren vacía. La mujer sostenía una valija vieja y lloraba. Al despertarse, sintió un peso extraño en el pecho. No era tristeza. Era reconocimiento.

Se dio cuenta de que la nostalgia no había desaparecido: se había quedado sin objeto. No había nada que reclamarle al pasado porque todo estaba cerrado.

Al día siguiente pidió licencia en el sanatorio

Caminó sin rumbo, dejó que la ciudad la contradijera. Entró a una librería, compró un cuaderno y escribió la primera frase sin pensar: “Antes me dolía recordar”.

Al leerla, algo se movió. Apenas. Como un músculo olvidado. Entendió que quizá la nostalgia no se pierde: se duerme cuando uno deja de mirarse hacia atrás con amor.

Decidió entonces no buscar recuerdos, sino fabricar futuros que merecieran ser extrañados. No sabía cómo sería su vida desde entonces, pero por primera vez en mucho tiempo, eso le importó.