Reflexiones: “La vida se mueve entre la decepción y la gratitud”

Una elección que nadie firma

La vida se mueve entre la decepción y la gratitud como un péndulo mal calibrado. Un día agradecemos estar vivos y al siguiente nos quejamos porque el café está tibio. No es hipocresía: es costumbre. Nadie nos explicó que vivir era aprender a convivir con ambas sin que se nos caigan los platos.

Las expectativas también se cansan

La decepción aparece cuando esperamos que todo funcione como lo imaginamos. Que el mensaje llegue, que el esfuerzo alcance, que la gente sea un poco mejor de lo que suele ser. Esperamos con una fe que roza la ingenuidad. Cuando no pasa, la decepción no grita: suspira y se queda.

La gratitud llega después, tarde, con cara de “no te prometí nada”, y nos recuerda que al menos seguimos teniendo piso.

La trampa de separar la vida

Nos gusta pensar que podemos hacer el bien en una parte de la vida y el mal en otra, como si hubiera zonas permitidas para fallar sin consecuencias. Pero no. La vida es un solo cuerpo. Si duele un dedo, se resiente todo. No se puede abrazar fuerte por la mañana y herir por la noche sin que algo se quiebre por dentro.

La conciencia no tiene horario comercial.

Escenas que no salen en las fotos

  • Un niño abre un regalo y pone cara de lunes: no era lo que quería. En la esquina, otro convierte una lata en un juguete y la empuja con orgullo.
  • Un joven mira el teléfono por vigésima vez esperando una llamada que no llega y siente que el silencio pesa más que las palabras.
  • En otro lugar, alguien agradece que ese amor que dolió no haya dolido más, como quien agradece una tormenta corta.
  • Un obrero hace cuentas y se desespera; otro, sin trabajo, agradece tener todavía fuerzas para volver a intentarlo.
  • Nadie está mejor o peor: todos están viviendo.

La educación del descontento

Nos enseñaron a medir la vida por lo que falta. Por lo que no llegó. Por lo que se rompió antes de tiempo. Nos dijeron que la felicidad era acumular, sumar, ganar. Y así la decepción creció como un mueble enorme en una casa chica.

La gratitud quedó arrinconada, escondida en los detalles que no presumen: una caricia sin aviso, un techo que aguanta la lluvia, el pan partido para que alcance.

Cuando el gesto pesa más

Hay palabras que llegan justo después de una derrota y sostienen más que cualquier trofeo. En la victoria, todos aparecen. En la caída, un solo gesto sincero puede salvar el día.

A veces, una frase tibia vale más que mil aplausos.

Frenar antes de romper

La decepción tiene talento para eclipsarlo todo.

Es rápida, insistente y bastante convincente. Pero si uno se detiene un segundo —solo uno— la ve ahí: la gratitud, sentada, esperando. No grita. No reclama. Solo recuerda que seguimos acá. Y eso, en ciertos días, ya es mucho.

Vamos cerrando: 

Como aprendiz de escritor, conviene aclararlo de entrada, no soy gurú de nada. No doy charlas motivacionales ni vendo fórmulas en doce pasos. Cuando dejo de mirar los negocios internacionales, el marketing o la bioquímica —disciplinas que prometen orden, métricas y alguna ilusión de control— aparece este otro: un tipo diplomado en Navarra que, ya de grande, se animó a leer más, a hablar menos y a sospechar un poco de sus propias certezas. No por sabio, sino por cansancio.

Elegir mal es fácil

Tan fácil que sucede sin pensar: una respuesta filosa, una indiferencia prolija, una promesa que se patea hasta que caduca sola. La probabilidad de hacer mal aparece cien veces al día y suele venir disfrazada de practicidad. Elegir bien, en cambio, es incómodo. Exige tiempo, atención y una cuota de torpeza. No tiene épica ni likes. Es casi artesanal.

Hacer el bien no arregla la vida

No convierte a nadie en mejor persona ni garantiza finales felices.

Pero deja una marca pequeña, persistente. La vida no se vuelve perfecta, apenas un poco más humana. Y tal vez ahí esté el punto: no acertar siempre, no entender todo, no ganar nada extraordinario. A veces, con no empeorar el mundo y sostener cierta lucidez, alcanza.