¿Sos feliz?

Toda una vida es mucho tiempo. Muchísimo

Una eternidad compacta si uno no es feliz. Es como mirar el reloj cuando no pasa nada: los segundos se estiran, bostezan, se ríen de vos. Ahora imaginá eso, pero aplicado a los años. A los lunes. A las cenas en silencio. A los “bueno, ya fue” que se repiten hasta convertirse en carácter.

Una vida entera al lado de la persona equivocada

No es una tragedia de golpe, no explota. Es peor: gotea. Gotea todos los días. En detalles chiquitos que parecen inofensivos. En no contar algo porque “para qué”. En dormirse de espaldas. En compartir techo, pero no pensamientos. En cumplir aniversarios como quien marca asistencia. Y lo más cruel es que uno se acostumbra. El ser humano tiene ese talento: adaptarse incluso a lo que duele. Entonces el error deja de doler y pasa a ser rutina. Y ahí es cuando el tiempo se vuelve peligrosamente largo.

Toda una vida en un trabajo que no te gusta

También es una forma elegante de desaparecer. No te morís, claro, pero te vas achicando. Empezás a hablar solo de lo que hacés y no de lo que sos. A contar los días para el viernes como si fuera una salvación religiosa. A odiar el despertador, después el lunes, después todo. Y un día te das cuenta de que sabés perfectamente qué hacer, pero no sabés para qué. Cobrás, cumplís, sobrevivís. Y eso, si lo pensás bien, no es vivir: es aguantar con recibo de sueldo.

Y después están las personas

Las que dicen ser amigos, amigas, con una liviandad admirable. Las que te escriben solo cuando necesitan algo, las que no preguntan cómo estás porque no quieren escuchar la respuesta. Las que confunden cercanía con costumbre. Con ellas también se puede pasar una vida entera. Una vida llena de charlas vacías, de risas automáticas, de silencios incómodos disfrazados de confianza. Personas que no te lastiman activamente, pero tampoco te sostienen. Y esa indiferencia, sostenida durante años, también cansa. Porque nadie necesita multitudes, pero sí necesita sentirse visto, aunque sea por pocos.

Lo terrible de todo esto no es equivocarse

Equivocarse es humano, inevitable y hasta necesario. Lo terrible es quedarse. Quedarse por miedo, por comodidad, por costumbre, por ese pensamiento tramposo que dice: “ya invertí demasiado tiempo”. Como si el tiempo pasado justificara el tiempo perdido. Como si el futuro tuviera que pagar las deudas del pasado.

Seguir así hasta el final es una posibilidad real

Hasta que un día el cuerpo pasa factura: las arrugas avanzan, la piel cede, la sonrisa se apaga y el gesto rígido de la boca anuncia que la vida se fue sin avisar. Seguir así hasta el final no es una metáfora: es una posibilidad concreta.

Pasa todo el tiempo.

Personas que envejecen sin haberse detenido nunca a preguntarse qué deseaban de verdad. Personas cumplidoras, leales, correctas… y hondamente vacías. No porque la vida las haya castigado, sino porque jamás se atrevieron a desafiarla. Cambiar asusta, sí.

Pero quedarse inmóvil cuesta una existencia entera, y una existencia entera es demasiado. Tal vez la pregunta no sea cuán difícil es irse, romper, elegir otro camino. La pregunta real es cuánto de tu tiempo estás dispuesto a entregarle a algo que te marchita.

Porque una mala tarde se sobrevive. Un mal año se negocia. Pero una vida entera… una vida entera es demasiado tiempo como para no intentar, aunque sea una vez, vivir con un poco más de verdad.