El arte de gritarse entre amigos
(o cómo salvar el mundo a telefonazos)
Desde una terraza de Madrid, mientras el sol de junio se desploma sobre el asfalto con esa desgana tan nuestra, uno observa el mundo a través de la pantalla del móvil y siente, inevitablemente, un ligero vértigo.
Aquí, el ciudadano de a pie se debate entre la angustia por el precio del aceite de oliva y la última noticia que llega desde el otro lado del charco —esa que suena a opereta bufa pero que, por desgracia, tiene consecuencias en la vida real.
La última función la protagonizan dos pesos pesados de la política global: Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Según reveló este lunes la agencia Axios, citando dos funcionarios estadounidenses y una tercera fuente con conocimiento directo, los dos líderes sostuvieron una llamada telefónica de tal calibre que los propios servicios de comunicación de ambas partes se vieron obligados a contradecirse en menos de una hora.
La diplomacia del decibelio
La noticia es de esas que uno lee dos veces, no porque sea compleja, sino porque es surrealista. Trump llamó a Netanyahu para frenar la escalada israelí en el Líbano —un plan de ataque a Beirut que amenazaba con dinamitar las negociaciones en curso con Irán— y lo hizo con la sutileza de un martillo pilón.
Según un funcionario estadounidense que resumió la conversación a Axios, el presidente le dijo a Netanyahu: “Estás completamente loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el pellejo. Todo el mundo te odia ahora. Todo el mundo odia a Israel por esto.” Una segunda fuente confirmó que Trump estaba furioso y que en un momento dado le gritó al premier israelí: “¿Pero ¿qué estás haciendo?”
Lo que antes era una alianza inquebrantable —una suerte de romance político de conveniencia— parece haberse transformado en un episodio de Curb Your Enthusiasm dirigido por un general con problemas de ira. Es la paradoja perfecta: el hombre que siempre ha hecho gala de su capacidad para el arte del trato reduce la política exterior a una conversación de bar donde, tras la tercera copa, uno saca los trapos sucios del otro con la excusa de que lo hace por su bien.
El teatro de lo absurdo
Lo divertido —si es que se puede usar semejante adjetivo en este contexto— es la puesta en escena.
Netanyahu, el superviviente nato, el mago del escapismo político salió de la llamada y lanzó un comunicado que parecía redactado por un diplomático del siglo XIX: Israel, decía, seguiría con sus operaciones en el sur del Líbano y atacaría objetivos en Beirut si Hezbolá no cesaba sus ataques.
La solemnidad de quien acaba de recibir una reprimenda monumental. La realidad, sin embargo, era otra. Un segundo funcionario americano le dijo a Axios que Trump había “arrollado” a Netanyahu durante la llamada. “Bibi dijo: OK, OK, asegúrate de que todo esté bajo control”, recogió la agencia.
Es una coreografía que conocemos bien: el grito en privado, la solemnidad en público. Trump, el halcón que ahora juega a ser la paloma de la paz, temía que el polvorín libanés arruinase sus planes con Irán. Ese mismo lunes, Teherán había amenazado con suspender las negociaciones con Washington a causa de las acciones israelíes en el Líbano.
Tras la llamada, Trump publicó en Truth Social agradeciéndole a Netanyahu haber dado “media vuelta a sus tropas”. Y añadió que también había hablado con representantes de los líderes de Hezbolá, quienes habrían aceptado dejar de disparar a Israel.
¿Quién salva a quién en este circo?
Uno se pregunta, mientras el camarero retira la última caña, dónde queda el ciudadano de a pie en todo esto. Somos meros espectadores de una partida de ajedrez donde las piezas se lanzan a la cabeza del contrario. La política internacional, que uno imagina como un tablero de alta precisión, se revela ante nosotros como una sucesión de arrebatos temperamentales.
El enfado de Trump no nació de ninguna convicción estratégica abstracta: nació, según Axios, del temor concreto a que la ofensiva israelí en el Líbano le volase por los aires el proceso negociador con Irán, ese que, según publicó en Truth Social tras la llamada, “continúa a un ritmo acelerado”. El destino de miles de personas depende de si a uno de los dos protagonistas le ha sentado mal el café o si el otro está demasiado empecinado en su propia supervivencia.
El silencio después de la línea
Lo más irónico de todo este asunto es la pretensión de orden.
Nos venden la noticia con datos, fuentes, nombres y apellidos, como si estuviéramos ante una maniobra quirúrgica. Pero lo que trasluce es el caos. El ruido de los gritos en la línea telefónica es, en realidad, el sonido de un sistema que chirría: una red de alianzas sostenida con alfileres y unos líderes que parecen estar menos preocupados por el bienestar del mundo y más por cómo será su próxima frase en la historia.
Uno de los funcionarios consultados por Axios lo dejó meridianamente claro: esta fue una de las peores llamadas entre Trump y Netanyahu desde el inicio de su segundo mandato. Y, sin embargo, aquí estamos. La llamada terminó. Los comunicados se publicaron. Las tropas —aparentemente— dieron media vuelta. Y el mundo siguió girando, indiferente a sus gritos y sus delirios de grandeza.
El espejismo de la paz en el polvorín
¿Puede haber paz? La pregunta flota en el aire, ligera y ridícula, como un globo de helio en medio de un huracán.
Lo que emerge de la llamada filtrada a Axios no es tanto una hoja de ruta hacia la estabilidad como el retrato de tres actores —Israel, Hezbolá e Irán— moviéndose en un tablero donde cada pieza actúa según sus propios cálculos de supervivencia.
Para Teherán, el Líbano es una ficha que se sacrifica o se protege según convenga a sus propios intereses. Y el memorándum que Washington e Irán están negociando —y que, según fuentes consultadas por Axios, contempla el fin de los combates en el Líbano— era precisamente la pieza que Netanyahu amenazaba con tirar al suelo.
Estados Unidos: el bombero con gasolina
Mientras estos tres actores bailan su danza macabra, el papel de Washington es el de un bombero que intenta apagar el fuego mientras, simultáneamente, se asegura de tener el suministro de combustible bajo control.
Trump se arroga el papel de salvador —el hombre que le grita a su aliado porque teme que la inestabilidad regional termine por desbaratar sus propias negociaciones— pero lo hace desde la bravuconería, no desde la convicción moral. El frenazo a la ofensiva israelí no nació de un principio, sino de la urgencia por no perder el control de un proceso que se le escapaba entre los dedos.
Quizás, al final del día, la política no sea más que eso:
Un montón de gente importante intentando desesperadamente parecer que tiene el control mientras el mundo sigue girando. Y ahora, mientras cierro esta crónica con la sensación de que el planeta se parece cada vez más a una conversación de ascensor entre desconocidos que se odian, me pregunto qué pasará cuando el próximo teléfono suene.
¿Será otro grito? ¿Un silencio absoluto? ¿O acaso alguien, por fin, se atreverá a colgar antes de que el mundo se rompa por completo?
