La amistad, los países y una fábula
A mis amigas y a mis amigos. A los que la vida me regaló en distintas ciudades, países y épocas. A los que llegaron sin avisar y se quedaron para siempre. A los que compartieron risas, mesas, viajes, silencios, derrotas y alegrías. A los amigos del corazón, esos que convierten la distancia en un detalle y el tiempo en una anécdota. A ustedes les dedico estas palabras, con gratitud, afecto y la certeza de que una parte de lo mejor que soy, también les pertenece.
La amistad como pasión
He escuchado muchas veces que los países más felices están en el norte de Europa. También he leído rankings que miden la confianza social, la calidad institucional y otras variables que explican por qué algunas sociedades funcionan mejor que otras. No discuto esos datos. Seguramente sean ciertos.
Pero hay una pregunta que rara vez aparece en las estadísticas: ¿dónde vive la amistad como una pasión? No la amistad educada. No la cordial. No la que consiste en intercambiar mensajes dos veces al año para recordar que seguimos vivos. Hablo de la que llega sin pedir permiso. De la que se sienta a tu mesa, aunque no haya silla disponible. De la que aparece cuando el auto se rompe, cuando se termina el dinero, cuando se muere alguien o cuando simplemente hace falta una excusa para abrir una botella.
Soy italoargentino. Viví en Italia, Portugal y España. Trabajé en México y en República Dominicana. Recorrí muchos otros países. Y en ese trayecto largo y desordenado aprendí a reconocer algo que ningún mapa señala: hay lugares donde la amistad no es una costumbre.
Es una religión laica.
Diez países, una misma convicción
Italia. En el sur existe un concepto sin traducción exacta: la famiglia allargata. La familia extendida, la que incluye a los amigos de toda la vida como si fueran sangre. Llegué una noche a una casa con alguien que acababa de conocer. La madre se levantó, puso agua a hervir y sirvió pasta como si me hubiera esperado siempre. No hizo preguntas. Simplemente cocinó. Eso no fue hospitalidad. Fue la expresión física de una convicción: si sos el amigo de mi hijo, sos parte de esta casa. Mi abuelo vino de Palermo, Italia. En Castro esta mi otra familia.
Argentina. El asado del domingo no era el plato central. Era el escenario. Lo que importaba ocurría después: la sobremesa. Esas tres o cuatro horas en las que nadie se levantaba, nadie miraba el reloj, nadie recordaba que al día siguiente había que trabajar. En la sobremesa argentina se arreglan problemas, se procesan duelos, se planean viajes que probablemente nunca van a ocurrir. Es una institución sin nombre oficial. Pero existe como si fuera ley. La tierra del Tato, Claudin, Mariel.y tantos mas.
España. El bar no es un lugar para beber. Es donde ocurre la vida social de verdad. Cuando un español te invita a su bar de siempre —no a cualquier bar, al suyo— te presenta al camarero por su nombre, te explica quién era el viejo que se sentaba en esa esquina, te cuenta la historia del lugar como si fuera la historia de su propia vida. Ese gesto, aparentemente menor, es una forma de adopción. Mi abuela era asturiana.
México. Existe una economía paralela que no aparece en ningún PIB: la del favor. Una persona que conocía desde hacía tres semanas me presentó a su familia como si me conociera de toda la vida. Me llevó a su casa un domingo, me sentó a su mesa. Cuando quise agradecer de alguna manera, me miró confundido, como si lo que había hecho fuera tan obvio que ni merecía comentario.
República Dominicana. La puerta de la casa literalmente está abierta. La gente entra, saluda, se sienta, come si hay comida, se va cuando quiere. Una tarde pasé frente a una casa de barrio. Música, voces, olor a comida. Una mujer mayor en la puerta me vio pasar y, sin conocerme, me hizo un gesto con la mano: entrá. No entré. Pero pensé mucho en ese gesto después. En que no tenía ninguna razón para hacerlo. Y sin embargo lo hizo con la naturalidad de quien hace exactamente lo que se supone que hay que hacer.
Perú. En Lima me invitaron a almorzar un domingo al mediodía. Cuando me levanté para irme eran las siete de la tarde. Nadie lo había planeado: llegó más gente, se abrió otra botella, alguien empezó una historia y el tiempo tomó la decisión de detenerse. Lo que me impactó no fue la duración. Fue que nadie lo consideró extraordinario. Allí vive mi familia de verdad. Mis amigos.
Colombia. En Medellín un hombre que conocía desde hacía cuarenta minutos me dijo que, si alguna vez necesitaba algo, lo llamara. Lo agradecí con la educada vaguedad con que uno agradece ese tipo de frases. Tres meses después lo llamé. Había surgido un problema complicado. Atendió al segundo tono. Preguntó dónde estaba. Apareció en cuarenta minutos, resolvió el asunto y me invitó a comer. Cuando intenté pagar la cuenta me miró con la expresión de alguien que acaba de escuchar un chiste que no entiende.
Guatemala. En un pueblo del altiplano entré a una pequeña tienda. La señora me preguntó de dónde era, qué hacía ahí, si había comido. Antes de despedirse me puso algo en la mano. En ese lugar todo el mundo sabía el nombre de todo el mundo. Los extranjeros duraban exactamente el tiempo necesario para dejar de serlo. Un desconocido es solamente un amigo al que todavía no le preguntaron cómo se llama.
El Líbano. En Beirut una familia me recibió a cenar. Había platos que no cabían en la mesa. Cuando dije que estaba lleno me sirvieron más. Cuando insistí, la madre me miró con una mezcla de compasión y reproche suave, como si mi saciedad fuera un malentendido que había que corregir. Después entendí que esa abundancia no era exceso. Era lenguaje. Era la única manera que tenían de decir: en esta casa, vos importás. Como no pensar en Richard y Ernest.
Malasia. En un mercado nocturno de Kuala Lumpur compartí mesa con personas que no hablaban mi idioma ni yo el suyo. Había comida malaya, china e india en el mismo tablón de madera. Señalamos platos, nos pasamos recipientes, nos reímos de algo que ninguno entendió del todo. Al final, uno me ofreció un trozo de algo dulce que guardaba en el bolsillo como un tesoro pequeño. No había forma de rechazarlo. Había, simplemente, una mesa compartida entre extraños que durante una hora dejaron de serlo. Nelson Tee, siempre presente.
La fábula del desierto
Dos amigos cruzaban el desierto. Discutieron. Uno perdió la paciencia y golpeó al otro. El herido no respondió. Se inclinó y escribió sobre la arena: Hoy mi mejor amigo me golpeó.
Horas después encontraron un oasis. Mientras se bañaban, el que había recibido el golpe comenzó a hundirse en arenas movedizas. El otro se lanzó y lo salvó. Cuando recuperó el aliento, tomó una piedra y grabó: Hoy mi mejor amigo me salvó la vida.
— Cuando te golpeé escribiste en la arena. Ahora sobre una roca. ¿Por qué?
— Porque las ofensas deben escribirse donde el viento pueda borrarlas. Pero los actos de amor deben grabarse donde nada pueda destruirlos.
La verdadera riqueza
Las amistades profundas no existen porque nunca haya conflictos. Existen porque ciertas personas deciden que los afectos valen más que los agravios. Por eso alguien maneja doscientos kilómetros para ayudarte a mudarte. Por eso otro aparece en un hospital sin que lo llamen. Por eso una mesa para seis termina recibiendo a doce. Y por eso, cuando las cosas se ponen difíciles, la pregunta no suele ser ¿qué vas a hacer? sino ¿dónde estás?, voy para allá.
La verdadera riqueza de un país no siempre está en sus bancos ni en sus índices. A veces está sentada alrededor de una mesa. Riéndose. Discutiendo. Brindando. Prometiendo volver a verse mañana. Como si el tiempo no existiera. Como si la amistad fuera, efectivamente, una de las formas más nobles del amor.
