Los brotes de COVID-19 son inevitables, pero podrían protegernos de una segunda ola

Por fin llegó el desconfinamiento. Tras dos meses de aislamiento domiciliario masivo, desde finales de junio los sistemas de vigilancia sanitaria confirman generalmente menos de 100 casos diarios de SARS-CoV-2 en España. Además, la mayoría son asintomáticos.

Vicente Soriano / Facultad de Ciencias de la Salud & Centro Médico, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

7 julio 2020 21:10 CEST

¡Cuánto echábamos de menos lo que teníamos! Y han vuelto los desplazamientos al trabajo, las salidas de fin de semana y los viajes de vacaciones. Estar fuera de casa ha sido irrefrenable y, en cierto modo, nos ha hecho olvidar que el coronavirus todavía está aquí.

Brotes de COVID-19 a pesar del calor

Como no podía ser de otro modo, han empezado a comunicarse brotes de COVID-19 pequeños y otros mayores en todo el país. Es la consecuencia inevitable de los desplazamientos, con intercambio de población y afluencia de extranjeros, ya sean turistas, jornaleros del campo o llegados en pateras.

El buen clima reduce, pero no elimina, la transmisión del SARS-CoV-2. El coronavirus de COVID-19 es poco estacional, pero los humanos sí lo somos. Eso implica que en verano la realización de actividades en espacios abiertos y el efecto desinfectante de la exposición solar prolongada ayudan a reducir los contagios. Son beneficiosas, además, las medidas aprendidas sobre distanciamiento social, con uso de mascarillas, higiene de manos y minimización de contactos interpersonales (abrazos, besos, etc.). Todo ello hace que la exposición a inóculos grandes sea ahora infrecuente.

Inmunización de población no vulnerable

Es muy improbable que antes de Navidad esté disponible una vacuna protectora de la infección por SARS-CoV-2. De igual modo, es inevitable que haya brotes de casos hasta que se alcance un umbral suficiente de protección en la población, esto es, la inmunidad de rebaño. Las nuevas estimaciones cifran en menos del 50% esa proporción de inmunizados de forma natural que es necesaria para frenar la epidemia.

Por los tests de anticuerpos, sabemos que no más de un 5-10% de la población española se ha infectado por SARS-CoV-2. Sin embargo, esto excluye las residencias geriátricas, además de que esta cifra asciende al 20-25% en grandes ciudades como Madrid. Hay que subrayar que las personas seropositivas, tuvieran o no síntomas tras la infección aguda, desarrollan inmunidad (protección) frente al coronavirus durante 1-2 años, tiempo suficiente para que podamos disponer de una vacuna.

Los brotes actuales afectan sobre todo a personas más jóvenes, y la proporción de casos graves y la mortalidad son muy bajos (inferior al 0,5%). Nada que ver con lo que ocurrió en marzo y abril, durante la primera ola del tsunami, cuando la COVID-19 hizo estragos entre la población más vulnerable, sobre todo en ancianos y en las residencias geriátricas.

Con esta mayor benignidad de los nuevos infectados por SARS-CoV-2 y, en ausencia de vacuna, expertos italianos dicen que podríamos tolerar un “ritmo saludable de contagios entre personas no vulnerables” hasta el otoño. Dicho de otro modo, una buena estrategia para prevenir el riesgo de una segunda ola consistiría precisamente en tolerar durante el verano los brotes entre personas no vulnerables, esto es, sin riesgo de gravedad.

Infección por SARS-CoV-2 sin anticuerpos

La exposición a inóculos pequeños del coronavirus se asocia a formas leves o asintomáticas. Algunos de estos pacientes con pocos síntomas no desarrollan anticuerpos o bien los pierden con prontitud. Pues bien, investigaciones recientes sugieren que en estos casos también se produce memoria inmune, de modo que habría protección parcial frente al COVID-19. Esta es la experiencia en Italia, donde la pandemia ha adquirido una benignidad que no se explica de otro modo. Continúa habiendo nuevos diagnósticos, pero muy pocos padecen formas graves o requieren hospitalización.

Evitar la vuelta a confinamientos masivos

El confinamiento universal fue una medida desesperada. Ahora puede programarse una protección más inteligente de las personas más vulnerables. El drama de marzo y abril fue el resultado de una coincidencia desafortunada y abrupta de contagios en ancianos y hospitales no preparados.

Fueron muchos los sanitarios –médicos y enfermeras– que se pusieron enfermos o estuvieron de baja por cuarentena, en gran medida porque no se disponía de material de protección suficiente. La avalancha de pacientes desbordó los hospitales y la atención fue a menudo subóptima.

Ahora disponemos de material de protección sanitaria y sabemos tratar mejor COVID-19, con dexametasona y remdesivir los casos graves. También podemos adaptar con rapidez espacios hospitalarios en función de la demanda y medicalizar hoteles. Y, sobre todo, las residencias geriátricas están mejor atendidas.

Los daños del confinamiento prolongado son devastadores en la economía y, peor aún, en la salud mental de las personas. Los humanos somos sociales y precisamos la estimulación derivada del contacto con otros. Esto es fácilmente reconocible en los niños, en los que el aislamiento perjudica el desarrollo psicomotor y cognitivo. Pero también en los ancianos, en los que la ausencia de estimulación acelera el deterioro asociado a la edad.

Refuerzo sanitario, pruebas diagnósticas rápidas y distanciamiento

En resumen, dado que no es positivo mantener el confinamiento de forma indefinida, tenemos que idear nuevas formas de recuperar la normalidad sin poner en riesgo la vida de nuestra población más vulnerable.

En ese sentido, cabe destacar tres medidas para alcanzar ese equilibrio.

  • La primera, reforzar los sistemas sanitarios, con especial atención a los servicios de atención médica a los ancianos en domicilios y geriátricos.
  • La segunda, idear pruebas diagnósticas rápidas, a ser posible en saliva, baratas y de venta en farmacias, que puedan repetirse tantas veces como sea conveniente, para aislar pronto los nuevos casos positivos y saber quién está inmunizado.
  • Finalmente, es fundamental reafirmar las medidas de distanciamiento social en la convivencia (mascarillas, evitar el contacto físico, limpieza de manos frecuente, actividades en espacios abiertos, etc.), sobre todo con los ancianos.

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